Mediación familiar, una herramienta a considerar

La mediación es un proceso estructurado de gestión de conflictos, en el cual las partes enfrentadas se reúnen en presencia de la persona mediadora y, a través del diálogo, buscan salidas al problema conjuntamente.

Así puede hablarse, entre otras, de mediación sanitaria, comunitaria, intercultural, industrial, medioambiental, escolar, matrimonial o familiar; y, es precisamente, en el caso de una pareja con hijos en común que se rompe cuando la mediación es especialmente útil, ¿por qué?, porque en esta ocasión, aunque se rompe el vínculo matrimonial, el paternofilial continúa y, especialmente si los hijos son menores o dependientes de sus padres, hay muchas cuestiones, no únicamente las patrimoniales, en que ambos progenitores tendrán que llegar a acuerdos.

La mediación rompe con la creencia de que el sistema judicial solucionará el futuro de las relaciones paternofiliales mejor que los propios progenitores y les hace saber que tienen la capacidad de elegir lo más útil para ellos.

Las características principales de la mediación son la voluntariedad, la confidencialidad y la libertad en la toma de decisiones.

La persona mediadora, no es un árbitro, no juzga, no impone sanciones, no aconseja y no da soluciones, entonces ¿por qué su presencia? ¿cuál es su misión?

La persona mediadora vela porque los protagonistas sean las partes, crea un entorno de respeto, honestidad, confidencialidad, amabilidad, serenidad y calma para procurar el cambio.

Ha de facilitar que las partes salgan de su encuadre y hagan propuestas para que así, en un primer momento, creen alternativas sin hacer juicios ni discutirlas, para que después contemplen las posibles combinaciones de propuestas y posteriormente, analicen sus consecuencias y la viabilidad de las mismas.

Así pues, la persona mediadora utiliza diferentes estrategias, a la vez que transmite seguridad y rigor, pauta las normas del proceso de mediación y procura el cumplimiento de las mismas, que se respeten los turnos de palabras, que el tiempo de participación sea equiparable, y que haya una presencia efectiva de todas las partes, incluidos los hijos aunque no estén físicamente en las reuniones.

La ventaja es que las partes cooperan en la búsqueda de soluciones, lo cual siempre es favorable, tanto si se llega a un acuerdo como si no, y especialmente cuando se llega a un acuerdo, lo sienten propio, por lo que interiorizan el compromiso con el mismo, y de esta manera se evitan procesos judiciales posteriores por incumplimiento de los pactos.

Llegados a este punto y para concluir déjenme que les cuente una historia:

Había una vez en un lejano país dos cocineros que en otros tiempos habían compartido un huerto para obtener así los mejore y más frescos frutos; por desavenencias y rivalidades se enfrentaron, hasta tal punto que decidieron partir el huerto en dos, y así lo hicieron, quedando eso sí, un naranjo justo en la frontera.

Un año el naranjo únicamente dio un fruto, una hermosa y jugosa naranja de piel muy brillante; como su enemistad y rivalidad había aumentado, tuvieron que ir al juez para que decidiera de quien era la naranja.

El juez actúo de la manera más equitativa posible, partió en dos la naranja dándole justo la mitad a cada uno de ellos.

Una vez en casa, uno de los cocineros, exprimió la naranja, pues quería el zumo, y tuvo que añadir agua dado que necesitaba algo más, a continuación tiró la piel.

El otro, por el contrario, ralló la piel, que era lo que necesitaba, faltándole un poco para completar la receta, y desechó la pulpa.

Acabada la historia pregunto ¿hubiera sido el final el mismo si con la ayuda de la mediación el lugar de centrarse en el conflicto se hubieran encaminado al que en realidad era su objetivo?

Articulo cedido por:
Mª del Carmen Mur Manrique
Abogada y mediadora familiar

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