Mindfulness, herramienta indispensable en la educación de la nueva humanidad

La educación del siglo XXI tiene que apostar por un sistema de valores completo que englobe tanto el desarrollo de la mente analítica como el de la mente contemplativa. Los occidentales tenemos la parte contemplativa muy poco desarrollada, o sea, estamos descompensados porque vivimos en una cultura del hacer y no del ser. Hemos recibido una educación sesgada de lo que significa ser humano.

Introducir prácticas como la meditación, el yoga, el chi kung o el tai chí en la vida cotidiana, tanto en la escuela como en casa, produce cambios extraordianrios en las personas. No solo mejora la salud y produce un estado de paz interior, sino que también nos permite conocernos de otra manera, más allá de las etiquetas sociales. Nos ayuda a conocer no solo lo que hacemos sino también lo que somos, es decir nuestro ser. Y conocerse a uno mismo debería ser materia que se impartiese en las escuelas. No en vano ya en el templo de Apolo en Delfos figuraba en el pronaos “gnóthi seautón” o sea “conócete a ti mismo” más conocido en latín que en griego como “nosce te ipsum”.

Conocerse a sí mismo implica reconocer nuestras emociones: desde estar contento a estar enfadado, el miedo, la rabia, la melancolía, el amor o saber distinguir alegría de felicidad. Es la capacidad de sentir nuestra  experiencia como seres humanos y saber reaccionar de forma adecuada a estas emociones, porque están en el centro de nuestro interactuar con nosotros mismos, nuestros seres queridos y con el resto del mundo. Conocerse a uno mismo no es solamente conocer el propio carácter y el temperamento (elementos en los que se centra nuestra psicología occidental) sino preguntarse ¿quién soy yo? sin recurrir a etiquetas (falsas identificaciones) como la profesión, el estatus cultural y económico, el partido político, el equipo de fútbol, la familia o incluso el propio nombre y el cuerpo, pues todo eso se puede cambiar y si todo o parte de eso cambia ¿Quién soy yo verdaderamente? A esta profundidad aludimos en mindfulness cuando hablamos de conocerse a uno mismo. Y no se trata de filosofar de forma estéril ni de entrar en intelectualismos sobre quienes somos, sino simplemente de sentir lo que somos a través de técnicas y ejercicios específicos que nos permiten experimentar y desarrollar nuestro ser.

En general perseguimos las emociones agradables o placenteras e intentamos evitar o deshacernos de las incómodas y dolorosas. Aunque ésta puede ser una estrategia útil y aparentemente lógica, es importante entender que las emociones incómodas o dolorosas desempeñan un papel necesario en nuestra vida. Es posible que acabemos haciendo una mala gestión de nuestras emociones parando el dolor, el miedo o la ansiedad en vez de gestionarlas adecuadamente. El dolor físico, por ejemplo, nos avisa de que hay un órgano  que no funciona bien; si no hacemos caso a ese dolor y lo “tapamos” con analgésicos, la causa que provoca ese dolor irá a más creando una enfermedad, trastorno o traumatismo mayor. Por tanto, el dolor es bueno porque cumple la función biológica de alarma. Con las emociones mal llamadas “negativas” sucede exactamente lo mismo.

Cuando no gestionamos correctamente las emociones limitamos el bienestar general y la calidad de vida, además de afectar el rendimiento profesional y nuestras relaciones interpersonales. Para gestionarnos con eficacia y flexibilidad en este entorno, precisamos ir más allá de los enfoques habituales de ver y entender el mundo y acceder a modelos innovadores, a la vez que contrastados científicamente, que nos capaciten con formas más saludables y beneficiosas de responder a nuestras emociones y al estrés.

Mindfulness es un modelo metodológico efectivo contra el estrés científicamente comprobado por el  Dr. Jon Kabat-Zinn de la Universidad de Massachusetts. Consiste en poner atención plena a propósito en el momento presente sin juzgar ni a las personas ni a la situación dada. Este tipo de atención nos ayuda a notar más, agudizar nuestros sentidos (no sólo el de la vista) y darnos cuenta de lo que ocurre alrededor y dentro de nosotros, a estar más abiertos a la experiencia y con más opciones disponibles para responder más creativamente a los desafíos de la vida, por duros que estos sean. Es justo lo contrario del reaccionar automático o inconsciente, de la separación de uno mismo o de un sentido mecánico de la vida.

El concepto de tiempo es básico en mindfulness, pues bajo esta perspectiva solo existe el presente. El pasado solo existe como recuerdo, como un pensamiento en la memoria pero no tiene realidad objetiva, y el futuro por definición es algo que aún tiene que pasar, es decir una circunstancia que aún no existe. Cuando somos conscientes que solo existe el ahora, es decir, el presente, podemos vivir la vida de una forma más intensa y ser más conscientes de nuestro cuerpo, de nuestra mente y de nuestras emociones en el único momento que existe verdaderamente: ¡Ahora! En los cursos de mindfulness trabajamos mucho la meditación como técnica efectiva para anclarnos en el ahora, pues la mente tiene la tendencia a irse al pasado a través de los recuerdos, o de proyectarse al futuro haciendo planes y evadirse fantaseando.

Mindfulness, o atención plena a nuestra vida cotidiana, se puede considerar tanto un método antiestrés, como una herramienta terapéutica, como una forma de vida basada en el autoconocimiento y la paz interior. Por todo ello es tan importante empezar por la educación en la escuela a la par que continuar con la formación para adultos. En muchos países del mundo se están llevando a cabo y con éxito programas de meditación trascendental en niños y adolescentes, incluso con presidiarios (adultos muy conflictivos). Los resultados son espectaculares: los niños cambian su cosmovisión del silencio, en vez de verlo como algo aburrido se dan cuenta de que es algo que les permite conectar consigo mismos, que les da paz interior, que los relaja y los revitaliza. Esto a su vez, permite a los profesores que los niños sigan mejor las clases e interrumpan menos, en otras palabras, aumenta su capacidad de concentración. También la memoria se mejora con la práctica de la meditación, y sus beneficios físicos llegan hasta el fortalecimiento del sistema inmunitario que es prácticamente el sustento de todo el cuerpo. Lo que aún no se ha puesto en marcha es la implantación de un programa mindfulness, lo cual añadiría a todos los beneficios de la meditación sentada, los que se basan en la vida cotidiana. El Dalai Lama ha dicho que si enseñamos a meditar a los niños de ocho años, en una generación no habría violencia. Es importante destacar que cada vez más estudios científicos avalan los beneficios de la meditación no encontrando ningún aspecto perjudicial. ¡Por fin la cultura planetaria se pone de acuerdo en algo!

Hasta que se implemente el mindfulness en el sistema educativo, los adultos tenemos la oportunidad de aprenderlo y de enseñárselo a nuestros hijos; aplicarlo en cualquier ámbito, desde el interpersonal al laboral, y empezar a aprender a vivir en plenitud en cualquier lugar, en cualquier situación, aquí y ahora.

Dr. Agustí Guisasola
Profesor de Mindfulness en Mens Venilia

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